LA HUMILDAD
jueves, 21 de marzo de 2013
La humildad.
La
humildad no es una virtud reconocida como tal en todos los sistemas
filosóficos. Más aún, en no pocas filosofías se le ha cuestionado hasta
el punto de considerarla un vicio en la medida en que representaría una
debilidad para afirmar el propio ser. Como en todo, la verdad es muy
simple, una única virtud puede llevarnos al vicio, y por ello, todas y
cada una de ellas tienen que ir acompañadas de su hermanas mayores y en
muchos casos de las menores. Desde la perspectiva de la evolución
espiritual (y en cada ocasión concreta acompañada de las otras
herramientas universales que correspondan) la humildad es una virtud de
realismo, pues consiste en ser conscientes de nuestras limitaciones
e insuficiencias y en actuar de acuerdo con tal conciencia. Más
exactamente, la humildad es la sabiduría de lo que somos. Es decir, es
la sabiduría de aceptar nuestro nivel real evolutivo. Ninguno de los
grandes filósofos griegos (Sócrates, Platón ni Aristóteles) elogiaron la
humildad como una virtud digna de practicarse, ya que nunca llegaron a
desarrollar un concepto de Dios lo suficientemente rico para poner de
manifiesto la pequeñez del ser humano. En Occidente, es sólo a partir
del advenimiento del cristianismo que esta virtud llegar a ser
considerada el fundamento imprescindible de toda moral cristiana. Es por
ello que para Nietzsche, que no comulgaba precisamente con dicha
doctrina, la humildad no puede significar más que una bajeza, una
debilidad de instintos propia de quien actúa inspirado por una moral de
esclavos. Para su idea moral del superhombre, en cambio, a la sombra de
la humildad hay que oponer la claridad de la altivez, tan alabada por
los griegos y desde luego, por Nietzsche. La verdad de este dilema, sin
duda, se encuentra en nuestro interior. Sin embargo, la filosofía de
Oriente, que ha alcanzado un desarrollo espiritual mucho más
significativo que la de Occidente, nunca dudó en asignarle un papel
relevante dentro de las virtudes del sabio. Así, los verdaderos maestros
de la sabiduría mística del Oriente ascendieron a sus más altos niveles
de conciencia trascendiendo su ego, transformándose en seres
universales al fundirse con el río del mundo. Pero para todos ellos los
primeros peldaños del sendero estuvieron hechos de humildad.
Más
aún, la humildad es requisito indispensable del verdadero aprendiz, del
verdadero discípulo, pues mucha de la disciplina de éste deberá estar
basada en la conciencia de lo limitado de su conocimiento para
precisamente, en razón de esta carencia, buscar activamente llenarse de
él, ya sea a través de los maestros, del impulso a la meditación, del
diálogo con sus semejantes o de la investigación personal. La mente
humilde es receptiva por naturaleza y por lo mismo es la que mejor está
dispuesta a escuchar y a aprender. En el caso opuesto está la mente
arrogante que por saber mucho de algún tema se cree capaz
de discernir asuntos sobre los cuales no conoce ni los principios más
básicos, creyendo estar preparada para emitir juicios válidos sobre
cosas de las que no tiene ni la más remota idea. En esta carencia de
reconocimiento de los límites de su conocimiento, el arrogante construye
su ilusión de ser más importante que los demás. Habitualmente el
arrogante incurre en la crítica destructiva que sólo puede conducir al
territorio de las hostilidades, pero que no ayuda a nadie.
El
verdadero humilde considera siempre que las experiencias de la vida son
posibilidades abiertas para aprender cada vez más. En su comprensión
considera que el camino
de la sabiduría es casi infinito, por lo cual, no corresponde en
ninguna etapa de nuestro desenvolvimiento presumir de sabios o eruditos.
La humildad como conciencia de nuestra falibilidad esencial nos hace
más fácil la tarea de reconocer nuestros errores, fundamento de nuestros
ulteriores perfeccionamientos. Mientras el soberbio pierde su tiempo
criticando o intentando impresionar a los demás, el humilde sigue
rectilíneo su camino de progresión espiritual, sin temer recurrir a la
ayuda o a la orientación de quienes están más avanzados en el sendero.
Ser
humilde es permitir que cada experiencia te enseñe algo y desde ahí,
desaparecen miedos y sufrimientos.
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